top of page
Buscar

El español para los españoles

  • Equipo de Comunicación
  • 17 ene
  • 3 Min. de lectura

Nos preguntamos qué hay detrás de la llegada de muchas personas que nos solicitan talleres de español.Nuestra inercia de buenismo nos lleva a entender como primer instinto que estas personas que piden hablar nuestra lengua, que sienten el deber de integrarse, sienten la pasión por el español que sentimos nosotras y la necesidad de comunicarse en la comunidad a la que llegan.


Pero el buenismo se acaba pronto. A poco que rasquemos en la realidad nos vemos inmersas en una metodología perversa que poco tiene que ver con la sociedad que viene, que tiene que ver con la sociedad de acogida. 


Estas personas, a menudo, ya están desarrollando un trabajo, cuidando a nuestros mayores, limpiando nuestras casas, y envolviendo nuestro brócoli, ese que se sirve en las mesas de las vegetarianas de bien, de las familias sanas, de los que consumen lo español lo primero. Necesitan hablar esta bella lengua, en la que Quevedo, Góngora y hasta Cervantes nos educaron con sus sornas y sus chascarrillos, e hicieron del castellano un idioma de la calle, de la gente común, del pueblo llano, de los y las que quisieron quedarse en la “piel de toro” tras la persecución atroz de la historia. 


Cada día nos enredamos entre lenguas diversas. Nuestro oído se inserta en matices idiomáticos plurales, en fonemas que nunca aprendimos y en construcciones gramaticales que bien parecieran el silbido de un bosque en la noche, el rasgar de la nieve tras la pisada de un oso, o el chapotear del agua fría de un lago cuando la rana se lanza a romper la tensión de la superficie tranquila. Pero todos esos autores quieren hablar español. Y no es que su lengua les parezca menos bella o importante, es que también les parece importante la nuestra. 


En cambio, ha dejado de parecernos importante que nuestro idioma les parezca importante a otros. Y así se impide, a través de la política de la exclusión, del asedio idiomático y del rechazo de la esencia misma de la buena vecindad, que podamos enseñar a quien nos lo pide, que podamos sentir el español como un camino de encuentro, para enfrentarnos a él como uno de esos muros y vallas que edificamos sin ser conscientes que se construyen para atraparnos dentro. Ese idioma que fue puente ahora está siendo usado como concertina. Lo que fuera puerta a un imperio, la política pobre lo recluye en la ciénaga de la incultura.


Cuando se niegan los servicios de español para migrantes nos estamos negando a que el español del Quijote, el de la Pardo Bazán, el de Cela, el de la Gran Almudena, el de los Episodios Nacionales, el de aquel coronel que no tenía quien le escribiera o incluso el de aquellos Ramón y Cajal o Severo Ochoa comunicándole al mundo sus descubrimientos, salga de la caja de la incultura. Qué habría pasado si ellos y ellas hubieran sido tratados como estas personas que llaman a nuestra puerta suplicándonos clases de español. 


Esta acción que reclamamos, como se pide el agua a la lluvia, pasa por entender, que hay vecinas y vecinos que quieren vecindad, que hay palabras que quieren ser entendidas. Y pasa por entendernos como activistas de nuestra lengua, como antidisturbios del diccionario, como guerrilleras de la virgulilla.  Pasa de ser cómplices de la política a ser compinches de las vecinas, edificando una narrativa común escrita con las mismas palabras, pero con acentos distintos.


Si no permitimos que las personas que llegan aprendan español, nos hemos convertido en los gigantes contra los que se estrellen los caballeros andantes, habremos pasado de ser molinos a ser molidos, de ser grano y simiente a ser harina y rodillo. 

 

Isabel Guirao Vives, trabajadora social de Coordinadora de Barrios de Alcantarilla,

que lleva desde 1995 trabajando para las familias del barrio

 
 
 

Comentarios


bottom of page